Hace poco más de un mes que embarqué en el Galeón de Andalucía. Atrás dejé casa, amigos, familia, pareja… para vivir una aventura desconocída para mí. Mi pericia navegando por grandes lagos, como el famoso Retiro madrileño, o el caudaloso y peligroso río Manzanares, donde naufragar en sus aguas puede suponer una importante mutación de los miembros de la tripulación, fue el principal motivo por el cual fui seleccionada para formar parte de un equipo que pronto se convertiría en mi nueva familia.

Durante este mes he realizado cuatro travesías, de La Rochelle a Burdeos, de Burdeos a Nantes, de Nantes a Fecamp y, por último de Fecamp a Honfleur.

Esta última travesía ha sido breve, apenas unas 10 horas de navegación nos separaban de Honfleur pero su brevedad no le ha restado intensidad.

Todo comenzó con las órdenes de nuestro capitán Manuel quien nos dio las indicaciones precisas para comenzar nuestra andadura. Todos ocupamos nuestros puestos, los de maniobra de proa, de popa, defensas… yo ocupé mi puesto de “cubierta satélite” que consiste en estar pendiente de todos los compañeros para ir “a echar un cabo” a quien lo requiera en cada momento. Es un puesto de alto riesgo ya que tienes que prestar atención a todos los compañeros que corren apresurados de un lado a otro de la cubierta, puente, castillo… moviendo defensas para que el barco esté bien protegido en la salida o entrada al puerto, yo siempre “ojo avizor” estoy pendiente de todos y cada uno de ellos a la vez que aprendo y me enseñan incluso en la rapidez y tensión que conllevan las maniobras. Pero mi puesto de “cubierta satélite” también conlleva algún privilegio y es el poder ver con tranquilidad la salida y llegada a un puerto. Ahí se mezclan multitud de sensaciones unas amargas y otras dulces, la tristeza de dejar atrás un puerto y la gente que se agolpa para despedirte y la alegría de llegar a nuevo puerto y sentir la emoción de descubrir un nuevo lugar, conocer nuevas gentes que aguardan para acogerte con anhelo. Todo ello lo vivo con intensidad desde mi puesto de “cubierta satélite”.

Junto a nosotros, cuatro trainees se sumaron con mucha ilusión. Tuve la oportunidad de conversar con ellos, gente muy agradable. Alguno de ellos hablaba un correcto español. Fue, durante nuestra interesante conversación, cuando se me requirió para una labor nunca antes realizada, un acontecimiento que para muchos de nosotros fue toda una novedad. El viento soplaba a favor y el capitán dio órdenes de desplegar las velas…, uno de los espectáculos más bellos y complejos que he visto nunca…

Los compañeros ocuparon sus puestos, el capitán y Carlos subieron por el mástil a la verga del palo mayor y comenzaron a retirar los tomadores que amarran las velas, la maniobra requería de mucha precisión, rapidez, agilidad y experiencia que en ocasiones supera a la vitalidad de la juventud ya que era toda una demostración de destreza y maña ver a nuestro capitán deslizarse por la verga desatando los tomadores que iban desplegando las velas mientras Carlos mantenía una enérgica lucha con uno de ellos pero, finalmente, la batalla librada cayó a favor de nuestro compañero y pronto se vio “caer” la vela del palo mayor. La misma operación se sucedía en la verga del palo trinquete. Falete y Pedro se deslizaban, con algo menos de elegancia que el capitán, pero con un aire de Spiderman para librar otra batalla similar a la mantenida por Carlos en el palo mayor. Ganada la batalla la vela se desplegó y la imagen quedará grabada en mi retina para el resto de mi vida. Me quedé sin palabras y casi sin poder reaccionar. Las emociones a flor de piel. Pero en navegación el “tiempo es oro” y la múltiples las actividades a desempeñar requirieron mi presencia nuevamente. En esta ocasión mi función estaba en el tajamar avistando el horizonte y los posibles peligros que nos acechaban por la proa ya que, al tener las velas desplegadas la visibilidad desde el puente de mando desde donde se gobierna el barco quedaba totalmente ciega. Con mi compañera Cristina estuvimos atentas a todo cuanto veíamos por la proa. Los trainees nos acompañaron mientras se “tostaban” en un soleado día.

Durante nuestra guardia en el Tajamar avistamos los palangres de un pesquero que se acercaban peligrosamente hacia nosotros (en realidad nosotros nos acercábamos peligrosamente a ellos…) comunicamos al puente la situación y rápidamente viramos dos grados a babor, suficiente para esquivar con solvencia la situación. Nos felicitamos por el éxito obtenido pero sin perder de vista el horizonte para advertir nuevos peligros. En medio de todo esto escuchamos el sonido de los tres toques de la campana que nos indicaba que la comida estaba lista, los trainees fueron a comer quedando nosotras en guardia hasta que se sucedió el relevo. En ese espacio de tiempo ocurrió un hecho que nos llevó a tener que utilizar los prismáticos para salir de dudas y fue el divisar por babor, proa y estribor una especie de “palos” que no sabíamos bien si eran barcos u otro tipo de señal. En esos momentos comencé a imaginarme una serie de barcos con intención de abordarnos…, pero rápidamente mi compañera Cristina rompió el encanto diciéndome que eran balizas que indicaba la entrada al canal… Como consuelo al “abordaje fallido” vislumbre unos veleros y un pesquero repleto de pescado, sabíamos que iba repleto de pescado por la multitud de gaviotas que lo seguían: IMPRESIONANTE!!

Nuestra guardia finalizó. Turno de comer. Ahí volvimos a coincidir en cubierta con los trainees que estaban tumbados en el “enjaretao” descansando y disfrutando de la travesía pero había una trainee que tumbada bocabajo parecía estar echándose la siesta, nada más lejos de la realidad, la pobre se había mareado y pasó el resto del trayecto de la cubierta al baño a vomitar hasta que llegamos pero, a pesar de ello, sabemos por ella misma que desea repetir la experiencia. Y es que “una biodramina a tiempo evita los movimientos”.

Tras descansar un rato mis servicios volvieron a ser reclamados en la “maniobra de cocina”, una maniobra que nunca antes en mi vida había realizado y creo que es mi vocación. Por vez primera me he puesto delante de un “fogón” y cocinar para 24 personas!! Una maniobra de gran complejidad que requiere de gran tecnicismo que se incrementa durante la navegación.  Pero antes de detenerme a describir esta interesante maniobra he de decir que tuvimos un invitado especial quien atentamente nos supervisó en todo momento”, un pez largo, delgado y con una “espada” que me miraba atentamente desde el bol en el que estaba metido. Y es que durante mi tiempo de descanso mi compañero Rafa pescó este espécimen que me acompañó durante toda la “maniobra de cocina”. Nota: Actualmente el pez se encuentra envuelto en papel de aluminio en el congelador a la espera de un futuro incierto.

Volviendo al tema: pollo al curry para 25 personas. Encargo que realicé junto a mi compañero Mario. La maniobra comenzó a las 18:30h y duró hasta las 22:30h; una de las maniobras más difíciles de cuantas se han llevado a cabo en el galeón pero salió para “chuparse los dedos”.

En esta breve navegación sucedieron muchas cosas, yo superé algunos miedos cuando el capitán me mandó pintar las vigotas de la jarcia de estribor y allí estaba yo, con decisión y mucha ayuda de mi compañera Esperanza que vino en mi auxilio para ponerme el arnés de seguridad y con el bote de pintura V33 para hierro, un cepillo de alambre y una brocha me sumé, pasando por la tronera del cañón de la cubierta de estribor a la jarcia donde mi compañero Dani y Cristina me esperaban dándome mucho ánimo. Las sensaciones no se pueden explicar, solo se pueden vivir.

Para finalizar, entre el duro trabajo, risas, compañerismo y mucha complicidad llegamos a Honfleur, un puerto en el cual un nuevo compañero se nos ha unido Marcel y otros dos compañeros se marchan, Victor (VJ) y Dani, dos grandes. Es duro despedir a gente con quien compartes tanto en tan poco tiempo. Pero también es un puerto que supone para mí el comiendo de mi cuenta atrás y afloran sentimientos encontrados. En dos puertos más termina mi aventura y regreso a esa casa que dejé en Madrid, a “navegar por mi lago del Retiro”, volveré a ver a mis amigos, familia, pareja…, pero dejo a una familia que ha acariciado mi corazón, que me acogió en su casa, el galeón y me integró con cariño haciéndome sentir parte de esta gran familia. Dejo un hogar que es el galeón. Regreso a Madrid pero no soy la misma persona que partió hace algo más de un mes. Me llevo una familia que han sido y serán maestros en lo profesional y personal. Maestros en enseñarme a apreciar las pequeñas cosas de la vida que son las más grandes. Me llevo conmigo un hogar en el corazón.

Un fuerte abrazo a los mío, Bárbara