Mi experiencia en la Nao Victoria comenzó el día 7 de Marzo cuando en la oficina de la fundación y siendo alumno en prácticas universitarias me ofrecieron la posibilidad de realizar una travesía desde Marbella hasta Valencia, acepté sin dudarlo por las referencias que tenía de amigos y familiares que se habían embarcado anteriormente. Tres días más tarde, el Domingo día 10, llegué a Marbella sobre las diez de la noche. Una vez en el puerto encontré a la tripulación fuera de barco sentados charlando, ellos al verme, se presentaron amablemente uno a uno y me enseñaron el interior de la embarcación y mi catre. Esa noche nos acostamos nada más terminar las presentaciones, pues apenas unas horas más tarde, a las 4 de la mañana, debíamos zarpar para aprovechar la pleamar ya que el puerto de Marbella no tiene mucha profundidad por lo que se hace necesario aprovechar bien estas condiciones.

Cuando nos levantamos empezamos a realizar las maniobras para zarpar, para mí, a pesar de no tener ni la más remota idea acerca de la navegación, fue fácil y divertido, pues todos trabajaban en equipo y siempre había alguien a mi lado dispuesto a ayudarme y enseñarme a fijar un cabo o cobrarlo entre otra cosas.

Desde el primer momento encajé muy bien debido al excelente trato que me ofrecieron todos, desde el capitán Ángel hasta los voluntarios pasando por el contramaestre Carlos. Aunque el trabajo en un barco no es fácil por el esfuerzo físico que requiere, el ambiente continuo de risas y bromas lo hizo todo mucho más ameno.

Después de unas horas navegando llegamos a nuestra primera parada, Fuengirola, donde debíamos repostar y grabar unas escenas con un dron dirigido desde el puerto. Allí el capitán me ofreció subir a la cofa para disfrutar de las vistas, me puse mi arnés y subí, fue una de las cosas que más me gustó, desde arriba todo se ve diferente, el mar estaba como un plato y las vistas eran inmejorables. Cuando bajé grabamos y nos dispusimos a repostar, atracar en la gasolinera también fue algo que llamó mucho mi atención, el capitán y el contramaestre nos dieron las órdenes y cada uno se colocó en su respectivo puesto fijando cabos o colocando defensas.

Una vez terminado el repostaje pusimos rumbo a Valencia, al ser una navegación cabotaje, fuimos siempre pegados a la costa e íbamos distinguiendo los diferentes pueblos y ciudades por los que pasábamos y acompañados muchas veces de gaviotas y delfines, cosa que también me fascinó.

Durante la puesta de sol el capitán nos reunió a todos en el puente de mando para hacer el reparto de guardias ya que siempre debe haber un grupo de 4 o 5 personas llevando el timón, controlando las máquinas y rellenando el diario de navegación. A mi grupo de guardia nos tocó trabajar de 12.00 a 16.00 y de 24.00 a 4.00. En la de mañana teníamos que encargarnos también de hacer almuerzo para comer después con el resto de la tripulación, pero sin duda la guardia de noche fue mi preferida, todos conectamos muy bien por la cantidad de horas que estábamos juntos y nos pasábamos las cuatro horas escuchando música y charlando pero siempre sin desatender las labores de la navegación.

Dado que nunca antes había navegado y todo llamaba mi atención, mi grupo siempre estuvo muy atento a la hora de resolver mis dudas e inquietudes, me gustó aprender a llevar el timón, saber por qué teníamos que medir la fuerza del viento o el tamaño de las olas, la temperatura o las nubes, todo era importante para navegar.

Durante el tiempo en el que no teníamos guardia podíamos hacer lo que quisiésemos, leer descansar charlar o tomar el sol, siempre y cuando no hubiera que hacer alguna maniobra como atracar o abrir velas donde participábamos toda la tripulación.

Después de tres días de navegación llegamos a Valencia y entramos en el puerto a golpe de cañonazos con petardos que se colocamos en los cañones del barco, todas las personas que pasaban por allí nos saludaban con entusiasmo a nuestra entrada quedando a la vez impresionados al ver a ese barco de época desplegar toda su artillería. Una vez realizamos las maniobras de desembarque muchos curiosos se acercaron a preguntar y a informarse por los horarios del museo. Durante esa tarde todos nos pusimos a realizar la tareas necesaria para la puesta a punto del mismo, pintamos, limpiamos e incluso mi compañero Jaime y yo embreamos las jarcias, tarea muy dura que vimos recompensada más tarde tomando una cerveza en el puerto con el capitán y el contramaestre, después se unió el resto de la
tripulación.

Sin duda para mí a ha sido una experiencia inmejorable y espero que no irrepetible porque me encantaría tener la oportunidad de volver a embarcarme para otra travesía. Además me gustaría agradecer a toda la tripulación, por cómo me acogieron, por cómo me enseñaron y sobre todo por la experiencia que me han hecho vivir.