Cuando llegué al barco, tenía algo de miedo. Elegí hacer las prácticas en la Nao por un proceso eliminatorio, no tenía un interés particular en ir.

La idea de estar conviviendo con más de 10 personas, durante tres meses, me hacía sentir temor; a causar una mala impresión, a no saber hacer lo que se esperaba de mí, a cagarla… en definitiva, a no dar la talla. No era capaz de imaginar lo bien recibido que sería, y lo mucho que me ayudaría estar ahí.

Tengo veinte años y aunque me desenvuelvo perfectamente por la vida, llevaba ya varios años algo retraído con mis cosas, con muchos amigos, pero dominado por una falta de confianza en mí mismo que hacía que me sintiera completamente bloqueado, sin capacidad de realizar las acciones necesarias para marcar el rumbo de mi vida hacia algo productivo y satisfactorio.

En primer lugar, puedo decir que mi miedo estaba completamente injustificado. Tanto la oficialidad como los otros voluntarios me trataron con mucha confianza, alegría, y comprensión desde el primer momento, y no cambió su actitud a lo largo de los tres meses, expresando siempre clara y concisamente todo lo que yo debiese saber. La relación entre los tripulantes del barco es peculiar, pues comprende tanto el sentimiento de hermandad y familia que surge de la convivencia e igualdad de objetivos, como los sentimientos más críticos que surgen de la relación de trabajo.

El tiempo de trabajo se compagina muy bien con los descansos, creando un ambiente distendido, pero cuando hay que funcionar como un equipo para lograr algo rápida y eficazmente, puede haber roces si no hay una buena coordinación.

Todo esto es llevado con mucha naturalidad y paciencia, se habla y soluciona todo sin tapujos, y se trata de hacer críticas constructivas para poder avanzar, individualmente y como equipo.

Estoy especialmente sorprendido por el buen trato que recibí por parte de la oficialidad, que atenta a los pequeños detalles que importan a cada persona, hizo de mi estancia algo mucho más agradable, algo que casi se puede llamar estar en casa.

Profesionalmente, fue también muy satisfactorio. Ahí todos hacen de todo y he adquirido nuevas destrezas, en varios ámbitos, gracias a lo que he aprendido. El trato tan directo con el público, las ventas, el mantenimiento del buque, los tours guiados, la cocina y la limpieza… Me gustó mucho trabajar con los niños de los colegios, explicando la historia de la Nao Victoria.

A nivel personal, que al final es lo que importa, solo puedo decir que mi estancia en la Nao ha transformado mis inseguridades. He logrado un conocimiento más profundo de mí mismo,  descubriendo mi personalidad (con sus aciertos y errores) reflejada en los demás y en el trabajo hecho. Esto ha transformado la inseguridad, en seguridad de que sí puedo hacerlo.

Hay muchas lecciones que se pueden aprender a bordo, una de ellas es que todos podemos hacer lo que queramos si lo intentamos. También me ha ayudado a aceptar las cosas como son y a aceptarme a mí como soy, ¡y a aprovechar el tiempo! No tiene desperdicio jajaja.

En general, ha sido una experiencia única, viajando, trabajando y sintiéndome vivo todo a la vez. El día a día estuvo lleno de risas y bromas, imposible aburrirse o desanimarse, y todos los lugares que visitamos los pude recorrer a mi aire… Realmente, una experiencia espectacular.

Supongo que debería de haber hecho un comentario más gracioso y fácil de leer, con anécdotas y fotos, pero me ha parecido una experiencia tan relevante que no puedo evitar analizarla un poco más fríamente desde este escrito en el que hablo con toda honestidad.

¡Gracias, Nao Victoria!