Éramos dieciséis tripulantes cuando zarpamos desde Puerto Rico rumbo a una nueva aventura al otro lado del canal de Panamá, donde la Nao Santa María sería una de las protagonistas en una importante producción cinematográfica. Nuestro destino era Barra de Navidad, en México, lo que suponía una navegación de casi cuatro semanas desde la partida, y más tarde dirigirnos al remoto pueblo de Punta Pérula cuando todo estuviera dispuesto para el rodaje. Fue una travesía que toda la tripulación disfrutó ya que el buen clima acompañó, sorprendiéndonos cuando observábamos en los partes meteorológicos, íbamos dejando a nuestra popa pequeñas tormentas y vientos fuertes que suelen dificultar la navegación.

Además, llevábamos muchos meses juntos desde que bajáramos la Costa Este de los Estados Unidos, en los que fuimos afinando la convivencia y la práctica de las buenas costumbres abordo. Cuando arribamos en Barra de Navidad nos fascinó la cantidad de palmeras y vida que había en los alrededores, aunque nos sofocaba el calor del mediodía cuando doblábamos los cabos de amarre al muelle. Ya habíamos superado la ardua tarea de llevar el barco a la cara oeste de América y todos nos mostramos muy contentos tras haber terminado la hazaña con éxito.

Los encargados de arte comenzaron pronto a trabajar ocultando primero las partes más modernas del barco con cajones, fardos y sacos, para luego ir dándole más personalidad al decorado con otros detalles contando siempre con la ayuda de la tripulación. ¡Hasta una barca considerablemente grande tuvimos que subir a bordo! Había que darse prisa pues pronto fondearíamos en Pérula y el primer día de rodaje se llevaría a cabo en la Nao Santa María.

Todo fue rodado y cada día de grabación disfrutábamos mucho con el numeroso equipo de rodaje que nos acompañaba en cada travesía, portando mil maletines y cacharros que utilizaban para dios sabe qué. Algunos más que otros curioseaban preguntándonos las dudas que les surgían sobre la arboladura o las maniobras, fascinados cuando nos veían desde la cubierta combés desempeñar nuestro trabajo en las vergas con tanta naturalidad. Tras días agotadores bajo el castigador sol de México, habíamos cumplido con nuestro compromiso con la productora satisfactoriamente: era momento de poner rumbo hacia nuevos horizontes.

El coronavirus ya sonaba con fuerza justo el día que volvimos a atracar en Barra de Navidad,
y llegaba a nuestros oídos la decisión que había tomado la productora de parar la grabación y
mandar a casa a sus empleados. Al mismo tiempo en España se declaraba el estado de alarma
que suponía un cambio de planes para la mayoría.

Por tanto, el barco se quedaría atracado hasta nuevo aviso con tripulación mínima y poco a poco los compañeros se fueron marchando. Algunos ya habían planeado su vuelta para después del rodaje y otros lo hacían debido a las circunstancias. No fue fácil despedir a algunos de ellos tras tantos meses compartiendo experiencias. Al final, siete tripulantes nos quedamos a bordo de la Santa María y comenzamos pues a elaborar una nueva hoja de trabajo que se centraría en el mantenimiento del barco debido a la situación, sin poder salir de las instalaciones de la marina. La ruta planeada por la costa oeste de América hasta alcanzar Canadá quedaba en el olvido.

Aun así, no hay mal que por bien no venga. Durante este último mes en este lugar donde nos sentimos privilegiados, hemos estado realizando tareas varias para poner el barco a punto. Desde pintar en los topes de mástil hasta dejar la sala de máquinas impoluta, se llevan a cabo todo tipo de trabajos que nos tienen entretenidos las horas más calurosas del día. A veces, cuando estamos acabando alguna de las faenas que tenemos programadas, una nueva surge y la lista vuele a engordar. Pero es algo a lo que estamos acostumbrados y realmente el barco está agradeciendo nuestro esfuerzo. Por las tardes dedicamos el tiempo al ocio, aprovechando para leer, hacer ejercicio, recolectar cocos y mangos de la zona, manualidades con los retales de iroko que tenemos en proa o incluso algunos se han lanzado a aprender un idioma nuevo para aprovechar el tiempo. De esta manera nos mantenemos ocupados las veinticuatro horas del día. También, cada jornada uno de nosotros hace la guardia nocturna, siendo a su vez el encargado de vigilar los cabos de amarre, hacer las tareas domésticas, así como cocinar deliciosos platos con intención de sorprender al resto, pues estamos explorando nuevos horizontes dentro de las posibilidades que la cocina de un barco permite.

Por suerte estamos acostumbrados a navegar durante varios días confinados en un barco de madera de noventa pies de eslora, por lo que de alguna forma esta rutina que hemos adoptado abordo no es muy diferente para nosotros a pesar de estar atracados. Pero esperamos que la situación mundial vaya mejorando y que en la Nao Santa María este todo listo y en orden, ya que estaremos aquí con el deseo de poner rumbo a España o cualquier otro lugar del mundo y volver a largar el velamen en busca de vientos favorables.